5 de abril de 2010

Enviar un Mensaje al Pastor David Barlock
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Recientemente, estaba ministrando en una Convención en la ciudad de Panamá a un grupo de hombres que han tenido un impacto profundo en mi vida. Mientras escuchaba al Dr. René Peñalba de Honduras enseñar una sesión matutina, hizo mención de las “relaciones tóxicas”. La frase se me quedó y desde entonces he realizado un poco de estudio del tema para mi propio beneficio. El Dr. Peñalba y yo hablamos varias veces durante la conferencia y pudimos compartir pensamientos acerca de varios tópicos. Él es un orador dotado y comparte con una sinceridad y compasión que movieron mi espíritu.

He encontrado bastante material secular acerca del tema y después de un proceso de investigación, he llegado a la conclusión que muchos de nosotros hemos sido víctimas o victimarios en una relación tóxica en un punto u otro de nuestras vidas.

La Dra. Lillian Glass, autora del libro “Personas Tóxicas”, describe una persona tóxica como “cualquiera que se las arregla para arrastrarnos hacia abajo, hacernos sentir enojados, gastados, desinflados, poca cosa o confundidos”. Estas son las personas que nos causan estrés, nos utilizan, demandan demasiado de nosotros y no reciprocan el bien que nosotros podamos hacer por ellos. Nos agotan de toda manera posible; nos roban el tiempo, recursos y siempre parecen necesitar algún servicio que piensan que podemos rendirles. Parecen necesitar de nosotros, pero muchas veces terminan criticándonos.

Parecería que la iglesia debiera estar libre de este tipo de comportamiento, pero a través de los años he descubierto que es precisamente el lugar en que a las personas tóxicas se les hace fácil expresarse. Por ejemplo, se les puede encontrar en los rangos de liderazgo como los autoritarios que presentan un evangelio de juicio en lugar de redención. Su mensaje punitivo se especializa en fomentar el miedo del juicio divino en lugar del consuelo del amor eterno de Dios. También pueden estar escondidos en la congregación, buscando una oportunidad de apegarse a otros que puedan satisfacer sus necesidades emocionales o financieras.

Fui víctima de una iglesia tóxica durante doce años. El liderazgo era muy autoritario, extremadamente legalista y lleno de juicio, pero yo era joven y me envolví siguiendo la personalidad de un hombre que era inteligente, dedicado al evangelio y extremadamente humilde. Fui cegado por los errores que siempre acompañan al legalismo porque estaba mirando la persona de un líder a quien admiraba. Como resultado de esto, cuando me convertí en pastor a la edad de 24 años, muchos de los miembros de mi iglesia fueron también afectados de alguna manera por mi propia fe tóxica. Me desligué de esa organización en el 1988 y pasé años sanando mis heridas y reestructurando la iglesia que había fundado.

También sufrí las consecuencias de la relación tóxica que mis padres tenían antes de su amargo divorcio. El veneno de sus peleas y comportamiento subsiguiente tuvo un efecto tremendo sobre nuestra familia. Decidí perdonarles y continuar con mi vida, utilizando la inteligencia emocional que gané durante esos años, de manera que no cometiera los mismos errores con mis hijos.

No fue fácil, pero soy testimonio del hecho que podemos vencer relaciones tóxicas, sin importar su origen.

Muchas personas piensan que ser cristiano significa que uno tiene que tolerar una relación tóxica cueste lo que cueste, pero ese no es el caso. Dios nunca tuvo la intención de que nosotros permaneciéramos esclavizados por personas que nos utilizan constantemente, desgastan nuestras energías o nuestros recursos y nos dejan sintiendo como si no hubiéramos hecho lo suficiente por ellos. No debemos mantenernos como víctimas de abuso verbal, psicológico o físico, ni debemos tolerar la relación que demanda y no ofrece nada a cambio. (¡Por favor, no use esta declaración como una excusa para divorciarse de su cónyuge! Usted debe luchar por un matrimonio que sea menos que perfecto. Este artículo no está dirigido a ser una guía para matrimoniosmás bien es para las relaciones que tenemos con conocidos que están fuera del círculo inmediato de nuestro cónyuge e hijos.)

Al mismo tiempo, la Palabra de Dios nos llama a perdonar, aceptar al arrepentido, dar ayuda al necesitado e ir la “milla extra” por aquellos que nos lo pidan. El amor de Cristo no conoce fronteras y es amable a todos.

De manera que, ¿cómo nos libramos de una relación tóxica y al mismo tiempo obedecemos la ley de Cristo? Aquí es que necesitamos discernimiento, humildad y entendimiento claro de la Palabra de Dios. Déjeme mostrarle algunas de mis convicciones; quizá le ayuden a definir las suyas:

El Espíritu de Cristo en medio de Su iglesia no tolera a las personas tóxicas, Él les ofrece la oportunidad de cambiar y convertirse en bendición para otros. Su iglesia solamente incorpora miembros que están siendo cambiados a Su imagen. El Cuerpo de Cristo es un organismo vivo espiritual de dadores y receptores, pero aquellos que buscan aprovecharse de los demás no pueden pertenecer a Su Cuerpo. ¡Esto debería hacer que todos nosotros hagamos un poco de introspección!

Cuando tengo comunión con las personas, usualmente puedo discernir si estoy siendo edificado o profanado, animado o desanimado, fortalecido o debilitado por ellos. Una vez cobro consciencia de que una persona en la iglesia es “tóxica”, puedo hacer un esfuerzo de influenciarle por medio del Evangelio. Si la Palabra de Dios no cambia su comportamiento, entonces ¡debo tener cuidado de no dejarme ser influenciado por ellos! La verdad es que algunos están contentos con su toxicidad y rechazan el poder transformador del Evangelio.

La cruz de Jesucristo tiene el poder de cambiar el alma amargada y convertir a la persona tóxica en una que pueda llevar sanidad a otros. Si esperamos disfrutar de la vida que Dios ha delineado para nosotros, tenemos no solamente que ir al mundo perdido y vivir como luminares en medio del mismo, sino también rodearnos de personas que puedan impartir ánimo y edificación a nuestro propio camino espiritual.

De acuerdo al escritor de Hebreos, un creyente puede convertirse en tóxico si dejan de vivir por la gracia que Dios le ha ofrecido. Una persona que se convierta en amargada se hará tóxica para todos aquellos que se relacionen con ella.

Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados;
(Hebreos 12:15)

Este verso declara de manera clara que el vivir bajo la gracia de Dios es esencial para que un creyente no se vuelva tóxico. Una persona “deja de alcanzar la gracia de Dios” cuando escogen vivir por sus propios principios en lugar de por el favor que Dios provee. El favor de Dios requiere que el receptor ejercite cierta medida de fe y obediencia lo cual, a su vez, muchas veces requiere cierto tipo de auto-sacrificio. El término “dejar de alcanzar” simplemente significa “dejar de cumplir” – el resultado es destructivo para el que falla y para otros que están alrededor.

En un mundo perfecto, esa clase de espíritu no estaría presente en los rangos del cristianismo, pero ese no es el mundo en el cual vivimos. Hay muchos que profesan ser cristianos que son tóxicos porque son improductivos, exigentes en extremo, críticos y egocéntricos. He perdido la cuenta de las personas a quienes les he ministrado a través de los años que tenían la intención de utilizar la iglesia como plataforma de lanzamiento privada para alguna manera de ganancia propia y se enojaron cuando no obtuvieron lo que creían merecer. Algunos de ellos eran almas inmaduras espiritualmente que eventualmente fueron dirigidas en la dirección correcta, pero otros se convirtieron en personas tóxicas que contaminaron a otros con su veneno.

Para mí, la bendición mayor de ser cristiano fue ser sanado de la amargura que el pecado introdujo en mi vida. Conocer a Dios es conocer el amor puro, la aceptación, la misericordia y la santidad. La comunión con Él a través del Espíritu Santo trae un gozo que va más allá de las palabras – es la experiencia de tener esa paz interior y seguridad que vienen de la realización que yo estoy en Él y Él está en mí.

Cuando una persona se convierte en un cristiano nacido de nuevo, hay una infusión inmediata del amor de Dios y sanidad de la toxicidad del mundo. El cambio es tan drástico y completo que la persona se convierte en una “nueva criatura” en Cristo. Esa nueva vida hace que el recipiente haga todo lo posible por distanciarse de las influencias perturbadoras para guardar su recién encontrada paz.

Como declaré al principio de este artículo: “muchos de nosotros han sido víctimas o victimarios de una relación tóxica en algún momento en nuestras vidas”. Agraciadamente, todo eso puede cambiar cuando vivimos en Cristo. Podemos afectar al mundo sin que el mundo nos afecte a nosotros y disfrutar de vivir una vida libre de las cargas que nos agobiaban.

Cada cierto tiempo, mi doctor me sugiere que me haga unos análisis de la sangre. Los resultados de esos exámenes le dejan saber si hay alguna toxina, posible cáncer u otras irregularidades en mi cuerpo. Del mismo modo, es bueno que cada uno de nosotros examine su fe frecuentemente. ¿Está nuestra fe positiva y creciendo? ¿Podemos mantenernos enfocados en Jesús y en Su Reino? ¿Estamos sufriendo de depresión por la influencia de personas tóxicas? ¿Está alguien causando presión indebida demandando cosas que no podemos dar?

La Biblia enseña que el Reino de Dios está dentro de nosotros y que la evidencia de ese reino es justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo (Lucas 17:21 / Romanos 14:17). Cuando me examino a mí mismo, esas son las primeras cosas que busco. Si están ausentes, comienzo a indagar por qué y a tomar los pasos necesarios para recobrarlas de manera que pueda vivir en el poder y bendición que Dios ha prometido.

Pastor David Barlock
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(10 enero, 2010)